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Algunos apuntes sobre Untitled (Rape Scene) de Ana Mendieta

El 13 de marzo de 1973, Sarah Ann Ottens, una estudiante de enfermería de veinte años de edad, fue golpeada, violada y estrangulada hasta la muerte en la habitación 429 de la residencia Rienow, en el campus de la Universidad de Iowa. Un mes más tarde, Ana Mendieta, alumna de Hans Breder en la misma universidad, decidió escenificar el brutal crimen en su apartamento. Mendieta preparó la performance en secreto, siguiendo la descripción de los hechos aparecida en los periódicos al pie de la letra. Aquel mismo día había invitado a algunos compañeros de clase a cenar a su casa. Cuando llegaron a la hora convenida, la puerta estaba entreabierta. Dentro del piso encontraron a la artista atada sobre una mesa, desnuda de cintura para abajo y cubierta de sangre. Solo al cabo de un rato Mendieta les explicó el carácter artístico de la situación. Durante aquel breve lapso de tiempo, la performance no existió. La aberración representada fue dolorosamente real porque no fue vivida como una representación. Porque no fue arte.

En tanto lenguaje, el arte remite a algo que él, en sí mismo, no es. Magritte lo demostró en La traición de las imágenes (1928-1929): su dibujo de una pipa no es una pipa. Es la recreación visual de la idea de una pipa; quizá la evocación de una pipa en concreto. Pero no puede encenderse ni fumarse. No es una pipa. Del mismo modo, sobra aclararlo, las letras no son fonemas porque no suenan, ni La libertad guiando al pueblo huele a sangre y pólvora. 

Así, en la obra de arte convergen dos realidades: la material —el objeto: un cuadro, una escultura, una acción— y la simbólica —lo que el objeto significa—. Pero, para que estos dos planos coincidan en el mismo artefacto, es preciso un ejercicio de lectura que solo puede darse cuando existe la certeza de que se está en presencia de algo cuyo sentido trasciende lo que se muestra y que ha sido concebido para proporcionar una experiencia estética. Por tanto, la consciencia de ser espectador se constituye en relación con el medio de representación. Nos sabemos espectadores cuando somos conscientes de estar ante una obra de arte.

Al ocultar la naturaleza simbólica de su actuación, Mendieta silenció también el medio de representación, bloqueando la posibilidad del sujeto espectador. Quienes hallaron su cuerpo violentado sin saber que se trataba de una actuación, de una obra de arte, solo pudieron pensarse a sí mismos como testigos de lo atroz. Así, la artista renunció a su condición para enfrentar a sus invitados a la crudeza de una violación; conquistó, durante unos instantes, la realidad que lo simbólico amortigua.

En Untitled (Rape Scene), título con el que la acción pasaría a la historia, Mendieta —o mejor, el cuerpo de Mendieta— actuó como medium entre dos estados emocionales e intelectuales, desplazando a los asistentes de la experiencia sensible —la vivencia de la violación como suceso que había acontecido de verdad— a la estética  —la relativización del suceso, condicionada por el descubrimiento de que se trataba de arte— mediante un proceso de revelación.

El contexto y el formato jugaron un papel determinante en Untitled (Rape Scene). El acontecimiento transcurrió en el domicilio particular de la artista; un espacio alejado de los entornos institucionales tradicionalmente destinados a la experiencia estética: los museos, las galerías, el taller. Con la decisión de escenificar una violación en aquel lugar, la relación del espectador con las connotaciones éticas y políticas de la obra quedaban liberada de las dinámicas propias del arte entendido como la “actividad contemplativa burguesa” que apenas un lustro antes habían impugnado los situacionistas. Mendieta convirtió su casa en una proyección material del “espacio para la renegociación de conceptos, de las relaciones sociales y de la producción de significado” que, a juicio de Kaira Cabañas, habitaba en tanto mujer inmigrante y racializada en Estados Unidos. Pero a ojos del testigo-espectador, el apartamento de la artista era también un lugar privado donde la mirada exterior interrumpía la intimidad de su cuerpo desnudo y brutalizado, convirtiendo la imagen en intrínsecamente obscena.

La obscenidad depende del marco de exposición, de dónde se muestra algo y a qué valores se lo enfrenta. El desplazamiento de una imagen de un contexto a otro conlleva una reformulación de sus significados. Y esta reformulación se articula, primordialmente, en el conflicto entre lo privado y lo público, entre lo que no debería ser compartido y sin embargo lo es. La fricción obscena entre lo privado y lo público fue uno de los agentes catalizadores del arte feminista, categoría en la cual podría insertarse la performance de Mendieta, tanto en su aspecto formal como conceptual. 

Como explica Nina Felshin:

[E]l arte feminista, a través de una gran variedad de medios, se ha hecho eco de los problemas e intereses de un nuevo feminismo emergente dando forma estética al credo “lo personal es político”, una idea que guió gran parte del arte activista en su examen de la dimensión pública de la experiencia privada.

Igualmente alineado con las premisas del arte feminista de los años setenta es el uso en Untitled (Rape Scene) del cuerpo femenino, convertido en superficie discursiva, metáfora y símbolo, “un espacio donde se producían las relaciones de poder y control que gobiernan la sociedad” (Alario Trigueros). Una concepción del cuerpo sintetizada en el eslogan “Tu cuerpo es un campo de batalla”, esgrimido por las partidarias de la legalización del aborto durante el proceso Roe contra Wade, de 1973, y posteriormente estampado por Barbara Kruger en su serigrafía más conocida,Untitled (Your Body Is a Battlegroud)(1989).

Si bien Untitled (Rape Scene), por su naturaleza intrínsecamente efímera, se vería reducida a la serie fotográfica que hoy la documenta, en la acción de Mendieta, como en quizá ninguna otra de la época, cristalizó la aspiración de un arte “político, erótico y místico, que hace algo más que estar cruzado de brazos en un museo” (Aznar Almazán). Un arte dispuesto a dejar de serlo, a romper el velo de lo simbólico, para acercarse al abismo de la violencia real. 

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