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Porno espectral

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21/07/2020
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Una de las muchas incógnitas por resolver en la tan cacareada, temida y dicen que inminente Nueva Normalidad es el futuro de la pornografía. Durante el confinamiento, el consumo de porno online se disparó hasta máximos históricos. Pornhub —42.000 millones de visitas en 2019, más de 115 millones diarias— vio aumentar su tráfico en un 22% sólo en el mes de Marzo. Es cierto que el todopoderoso tube ofrece la mayor parte de sus contenidos gratuitamente, pero también los ingresos de sitios de pago como ManyVids u OnlyFans crecieron de manera espectacular. Algunas performers hablan de un incremento de sus ganancias de hasta el 120% en apenas un mes. 

Este último dato es especialmente significativo. Puede precipitar un cambio de paradigma en la industria anunciado desde hace tiempo y ahora acelerado por el cierre, eventual o definitivo, de muchas productoras obligadas a cesar su actividad a causa de la pandemia: el paso de las macro-estructuras empresariales a la autogestión total. Cada día más actrices y actores prescinden del respaldo comercial de una compañía para crear y distribuir sus contenidos DIY en este tipo de plataformas, apostando por un producto doméstico y de cercanía con el consumidor, con el cual establecen a menudo contacto directo a través de videochats y de material personalizado.

Es de prever, no obstante, que la supresión de intermediarios entre actuante y espectador, sumada a la incipiente crisis económica, provocará una nueva saturación del mercado con la presumible entrada en tromba de (aún más) amateurs. Lo que puede suponer una mayor precarización del sector y un escollo insalvable para el desarrollo de una pornografía menos agresiva, heteronormativa y falocéntrica, como reclaman muchas partidarias del DIY. Ya lo explicamos en Capitalismo Anal: la congestión de la oferta conduce, irremediablemente, a un incremento de la competencia y a la radicalización de los contenidos.

Pase lo que pase, cuesta imaginar un futuro sin pornografía. Tanto como imaginar que alguien no haya visto nunca porno. Se esté o no de acuerdo con sus dinámicas y políticas, la exhibición espectacular de lo carnal, su estética y lugares comunes, está profundamente incrustada en el imaginario colectivo contemporáneo. De hecho, hemos llegado a desarrollar un subconsciente porno, un cuasi-instinto que nos permite reconocer ya no lo que es pornográfico, sino lo que puede haberlo sido o alberga la posibilidad de serlo. Podemos identificar la traza, el recuerdo o la premonición de lo porno en los detalles más nimios: la demanda en unos ojos volteados, la torsión de un músculo, incluso la disposición del mobiliario. Somos poseedores de una mirada “pornografiadora”, capaz de revelar el espectro de lo pornográfico que habita en una imagen sin haberse manifestado. Una mirada-medium que contacta y dialoga con los fantasmas de lo lúbrico.

Conocedores de este subconsciente colectivo, artistas como el australiano afincado en París Michael Salerno, artífice del fanzine “Teenage Satanists in Oklahoma”, y el californiano Jeff Burton, cuyos trabajos comerciales incluyen campañas para Yves Saint Laurent y Cartier y publicaciones en Vanity Fair y el New York Times, cultivan lo que podríamos llamar Porno Espectral. Cada uno con su lenguaje, recreándose en sus propias obsesiones y fetiches —los collages de niños y desastres naturales de Salerno; las fotografías de sets de rodaje de películas gay de Burton—, ahonda en la sombra de lo pornográfico, en la presencia de lo invisible, o como mínimo no obvio. Son retratistas de la tensión, del olor a sudor y lubricante. No necesitan mostrar para que el espectador, en sintonía pornográfica, vea. Convierten la ausencia en obscenidad.

En la tragedia griega, la locución ob skené, “fuera de escena”, definía el recurso dramático consistente en representar tras un telón los episodios más cruentos del drama —asesinatos, violaciones, ejecuciones, herejías— para no herir la sensibilidad del respetable. Sea o no la auténtica raíz etimológica del término “obscenidad” —hay un encendido debate al respecto—, el concepto ob skené explica la extrañeza, el desagrado que provoca la observación de aquello que no debería ser visible.  

Para Kerstin Mey, autora de “Art and Obscenity”,

La obscenidad no reside en la dialéctica entre la forma y el contenido del producto cultural per se, sea éste una obra de arte o una fotografía de prensa, sino en el contexto discursivo, es decir, en la forma en que es discutido públicamente, en relación a su producción, circulación y recepción. Ningún objeto o evento es obsceno en sí mismo. La obscenidad es una discusión a propósito de las cualidades, la exposición pública y el tráfico de un objeto o evento. Es una evaluación de sus efectos. 

Dicho de otro modo, la obscenidad no depende del qué, sino del cómo y el dónde. Los actos sexuales no son obscenos en sí mismos. Sin embargo, se convierten en obscenos cuando son desplazados del ámbito privado al público. En este sentido, la pornografía es intrínsecamente obscena, pues se significa en la exhibición pública de lo íntimo.

Pero, ¿qué sucede cuando lo íntimo se oculta a sabiendas de que tras el telón público, en el ob skené, puede, pudo o podrá estar aconteciendo? ¿Tienen las imágenes la capacidad de ser obscenas por no mostrar? Salerno y Burton demuestran que sí.

Los mecanismos que maneja el porno espectral funcionan simultáneamente como reflexiones sobre lo obsceno, la memoria pornográfica colectiva y el acto de generar imágenes. Nos descubre el abasto de nuestros recuerdos de lo porno, la familiaridad con que convivimos con los fantasmas de lo obsceno y su mediatización. Nos inquieta porque, sin mirar, vemos. Y enfatiza el papel de quien no muestra, el artista, porque nos hace ser conscientes de sus decisiones, del ocultamiento. 

Jeff Burton: Untitled (KC), 2005
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