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Mundo fantasma

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09/12/2020
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La cita de George Santayana es harto conocida: “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Pero, ¿y si también la incapacidad de olvidar nos hiciera repetir el pasado? ¿Y si el pasado nos hubiera superado y ya fuera el futuro?

En 2010 tuvo lugar un encuentro a tres bandas entre Francesco Tenaglia, de la revista Kaleidoscope, el crítico musical Simon Reynolds y el teórico cultural Mark Fisher. Bajo el título “You Remind Me of Gold”, el debate giró alrededor de la idea de la “desfuturización” de la música electrónica, del instante en que los sonidos sintéticos, tradicionalmente portadores de una ilusión de futuro, dejaron de anunciar el mañana para quedar frenados, embarrados, en la confusión del presente, bajo el peso de un pasado en apariencia insuperable.

Reynolds y Fisher, cada uno por su lado y desde perspectivas ligeramente distintas, profundizaron en la “lenta cancelación del futuro” anunciada por Franco “Bifo” Berardi en el ensayo de 2011 “Después del Futuro”. Reynolds, en su libro “Retromanía” y en el blog del mismo nombre, abordó el fenómeno de lo retro, del constante regreso del pop a un pasado idealizado. Fisher, en prácticamente toda su obra y en particular en “Los Fantasmas de Mi Vida” (2014), reformuló el concepto de hauntología, alumbrado originalmente por Jacques Derrida, en el marco del Realismo Capitalista, el concepto que lo encumbró antes de su prematura muerte en 2017. 

Pero volvamos a “You Remind Me of Gold”. Una de las cuestiones mencionadas por Reynolds y Fisher fue la práctica desaparición de la necesidad de quemar el pasado en pos de un algo “otro”, de un horizonte de cambio. Una especulación que requería de la imaginación, de la capacidad para concebir escenarios distintos a los ya conocidos. Poder soñar con algo nuevo y, a ser posible, mejor. “Hoy no hay una sensación de lo nuevo en ninguna parte”, sentenció Fisher con rotundidad. La conclusión fue que vivimos en una época que ha perdido la capacidad de concebir alternativas. Porque ahora el futuro se entiende como un presente más precario; lo ya conocido, pero peor.

A propósito de esta misma cuestión, Zygmunt Bauman escribió:

El futuro se ha transformado y ha dejado de ser el hábitat natural de las esperanzas y de las más legítimas expectativas para convertirse en un escenario de pesadillas: el terror a perder el trabajo y el estatus social asociados a este, el terror a que nos confisquen el hogar y el resto de nuestros bienes y enseres, el terror a contemplar impotentes cómo nuestros hijos caen por la espiral descendente de la pérdida de bienestar y prestigio, y el terror a ver las competencias que tanto nos costó aprender y memorizar despojadas del poco valor de mercado que les pudiera quedar. El camino hacia el futuro guarda así para nosotros un asombroso parecido con una senda de corrupción y degeneración.

No future 

El fin de la historia anunciado por Francis Fukuyama resuena en esta visión desilusionada del futuro. Con el derrumbe del bloque comunista a finales de los años ochenta y la consecuente crisis del pensamiento de izquierdas, el mundo pareció quedar huérfano de alternativas. No tanto de la representada por el sistema soviético específicamente, sino, haciendo una abstracción de su rol como contrapunto a la otra potencia dominante, como noción de otredad, de la viabilidad de algo “otro”. En consecuencia, la percepción del progreso en tanto que transformación fue sustituida, democracias liberales mediante, por la de reforma: el capitalismo neoliberal se impuso como final de trayecto, el único sistema viable y perdurable, y tan sólo podía ser sometido a pequeños ajustes aquí y allá. El cambio, diferente y disruptivo, capaz de alterar las superestructuras, fue erradicado del imaginario colectivo. Y con él, el deseo de su existencia. Si, como sentenció Slavoj Žižek, “la experiencia melancólica definitiva es la experiencia de la pérdida del deseo en sí”, a la añoranza del pasado debemos añadir ahora la melancolía del futuro.

Fruto de la “lenta cancelación del futuro” predicha por Berardi, nuestra relación con el pasado ha cambiado. Para Bauman, la reevaluación obsesiva del pasado que caracteriza a nuestra época, el volver una y otra vez a estudiar, analizar y descifrar lo ya sucedido, se explica mediante lo que el sociólogo polaco definió como “opcionalidad de las elecciones humanas”, esto es, el entendimiento del presente como una posibilidad entre un número infinito de ellas; el resultado de una cadena de decisiones que podrían haber sido otras, y en tal caso habrían conducido a un presente distinto. De ahí la necesidad de fustigarse volviendo atrás para localizar el momento exacto en que las cosas empezaron a ir terriblemente mal. Y de ahí también el revisionismo histórico propio de las llamadas Guerras Culturales: la tozuda voluntad de volver a interpretar el pasado para explicar el presente, quizá con la vana intención de modificarlo. 

Bauman se preguntaba:

¿Acaso no podría aprovecharse el camino de vuelta, hacia el pasado, para convertirlo en una ruta de limpieza de todos esos daños cometidos por los futuros que sí se hicieron presentes en algún momento?

La cultura del “Y si…?” modula la “nostalgia por los futuros perdidos” enunciada por Fisher: la añoranza de lo que pudo haber sido y no fue, encarnada en los fantasmas que generó su inexistencia. Y se refleja también en el auge de las fantasías ucrónicas, de “V de Vendetta” y “Man in The High Castle” a “Érase una vez en… Hollywood”  y “Britania Conquistada”; narraciones contrafactuales que proponen un desarrollo alternativo de la historia a partir del llamado Giro Jonbar, un punto de divergencia respecto al relato “real” y conocido, capaz de cambiar el devenir de los acontecimientos: ¿Y si los nazis hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial? ¿Y si la familia Manson no hubiera asesinado a Sharon Tate? ¿Y si la Armada Invencible hubiera derrotado a los ingleses?

Además de agente de redención simbólica, o al menos de consuelo, el pasado es una presencia creciente e ineludible en el presente. Ha dejado de ser algo que podía ser adelantado, que podía ser olvidado. Algo que, de hecho, DEBÍA ser olvidado en pos de una articulación del futuro. Las redes sociales, los repositorios online, las plataformas de streaming, son un “tatuaje digital”, como lo llama el mexicano Juan Enríquez, que no se puede borrar. Nuestra existencia carga con un disco duro externo que contiene los testimonios de cada instante vivido, y cuyo volumen aumenta día a día, hora a hora, minuto a minuto. Nada desaparece, todo perdura. Todo se mueve muy rápido, pero no hacia adelante. El pasado, colectivo e individual, parasita el presente hasta el punto de casi anularlo. La mayor parte del tiempo que pasamos en el entorno tecnológico que una vez fue futurista lo consumimos contemplando lo ya sucedido, paseando por las timelines propias y ajenas, reivindicando aquello que ya se ha visto, ya se ha escuchado, ya se ha leído. Entre otras cosas, porque siempre está a nuestro alcance. Los sonidos, los textos, las imágenes, no se desvanecen. Se añaden al aquí y al ahora, sumando capas y capas de información pretérita, quizá obsoleta, pero no olvidable. El germen de nuestra angustia radica, precisamente, en la incapacidad de olvidar.

No poder olvidar obliga a gestionar una cantidad inabordable de información y a encarar, y no poder superar, una larga serie de fracasos, de oportunidades perdidas y de proyectos no culminados. No poder olvidar alimenta el desaliento y desactiva la voluntad de cambio. Todo parece estar inventado, y únicamente lo que ha sobrevivido al paso del tiempo en el plano de lo tangible es entendido como viable. “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, reza la popular frase de George Santayana. Pero se diría que el conocimiento excesivo del pasado tiene la misma consecuencia. La imposibilidad del olvido cancela el futuro y nos sume en un bucle infinito de regresos constantes a lo ya sabido, a una convivencia perpetua con los fantasmas de lo que fue y de lo que pudo haber sido. Fantasmas que están a punto de abandonar su naturaleza inmaterial y corporeizarse para dominar definitivamente el presente y arrebatar el futuro. 

Life in the bush of ghosts

La película “Alps” explicaba la historia de un grupo de personas que adoptaban el rol de un difunto para convivir con su familia y ayudarla así a sobrellevar el duelo; un duelo que en realidad se dilataba en el tiempo, pues, con su pantomima, los muertos no abandonaban el mundo de los vivos hasta mucho después de haber fallecido. La premisa argumental parece hoy mucho menos alocada que en 2011, cuando se estrenó el largometraje de Yorgos Lanthimos. 

La empresa estadounidense Artistry In Motion (AIM), especializada en la creación de hologramas en 3D, ofrece entre otros servicios las línea de producción Eulogy, panegírico, y Life Legacy, legado vital. La primera promete, según el catálogo disponible en su página web, “dejar un legado duradero a tus seres queridos con un tributo personalizado de entre ocho y diez minutos, customizado según tus necesidades específicas y grabado con tu propia imagen”. Life Legacy, por su parte, garantiza “capturar para siempre la historia y el legado de tu familia en una presentación virtual de hologramas en 3D” que posibilitarán “mantener la memoria viva e inspirar a otros durante años después de tu muerte”. 

Los protagonistas de “Alps” eran impostores porque asumían el papel del fantasma sin serlo. Pero, en el caso de los hologramas ofertados por Artistry In Motion, es el fantasma mismo, no su representación, quien puede irrumpir de manera visible y audible en el plano material. Artistry In Motion es una genuina fábrica de fantasmas. Pero no la más puntera.

El pasado 30 de octubre, la celebrity Kim Kardashian compartió con los más de doscientos cincuenta millones de personas que la siguen en twitter e instagram el singular regalo de cumpleaños que le hizo su marido, Kanye West: un holograma de su padre, Robert Kardashian, fallecido en 2003, felicitándola

En realidad no se trataba de un auténtico holograma, sino de un truco óptico llamado “fantasma Pepper”, inventado a finales del siglo XIX por el científico británico John Henry Pepper. La misma técnica se empleó en en festival Coachella de 2012, cuando Tupac Shakur “resucitó” para interpretar dos canciones. Un año después, los difuntos  Eazy-E, de NWA, y Ol’ Dirty Bastard, del Wu-Tang Clan, protagonizaron sendas apariciones en el escenario del Rock The Bells. 

No obstante, el obsequio de West presentaba una diferencia determinante respecto a estos precedentes: las palabras del espectro de Robert Kardashian, incluyendo los efusivos piropos al yerno que nunca conoció, no habían sido grabadas en vida, sino generadas con los recursos de inteligencia artificial empleados en la producción de deepfakes, vídeos y audios falsos de personajes públicos en los que resulta muy complicado discernir cuánto hay de real y cuánto de virtual, tan prodigiosa es la semejanza entre el fake y la persona suplantada. Gracias a esta convergencia tecnológica, Robert Kardashian no solamente volvió a la vida: la retomó después de una ausencia de diecisiete años. 

El desarrollo de máquinas pensantes, poseedoras de sistemas neuronales sintéticos dinámicos, esto es, dotadas de la capacidad de aprender, se ha acelerado de manera asombrosa en el último lustro. De acuerdo con el matemático Marcus du Sautoy, la chispa que ha provocado la explosión de la inteligencia artificial  

[Son] los datos. El 90% de los datos mundiales han sido creados en los últimos cinco años, lo cual resulta un hecho extraordinario. Cada día se genera en internet un exabit (1018 bits) de datos, más o menos el equivalente de lo que se puede almacenar en 250 millones de discos ópticos digitales, los llamados DVD. La humanidad produce ahora en dos días la misma cantidad de datos que la que se generó desde los albores de la civilización hasta el años 2003.

Esta marea de datos es la responsable de la nueva era del aprendizaje automático. Antes, un algoritmo sencillo no disponía de los recursos suficientes a su alrededor para moverse a sus anchas y aprender. Era como tener un bebé y negarle la experimentación de sensaciones.

Así pues, lo que ahora ya es más ciencia que ficción se alimenta en buena parte de nuestro permanente retorno al pasado, del consumo desaforado de información pretérita. Hete aquí la gran paradoja: los dispositivos anunciadores de un futuro imprevisible, que no fuera un reflejo degradado del presente —internet primero, la inteligencia artificial después—, han acabado contribuyendo como ningún otro al solapamiento del pasado y el presente. Incluso, a convertir el pasado, el recuerdo que no se puede olvidar y la insistencia de sus espectros, en el futuro.

Pero, si las máquinas pueden pensar por sí solas, y por tanto emanciparse de la nostalgia depresiva de sus hacedores, ¿por qué no son capaces ellas de proponer futuros esperanzadores o, como mínimo, diferentes a las desoladoras perspectivas que nosotros, los humanos, sólo somos capaces de vislumbrar?

Cuando el destino nos alcance

Las investigaciones sobre las potencialidades creativas de la inteligencia artificial de Margaret Boden, doctora en psicología social especializada en estudios cognitivos, concluyeron que pueden tipificarse tres categorías diferenciadas de creatividad: exploratoria, combinatoria y transformadora. 

La creatividad exploratoria es aquella que profundiza en lo ya conocido para ensanchar sus límites sin romper las reglas que lo fundamentan. La música de Bach, la pintura de Monet o las coreografías de Pina Bausch son buenos ejemplos: todos ellos forzaron las leyes de sus respectivas disciplinas para llevarlas un paso más allá respetando, sin embargo, una serie de principios considerados inamovibles. 

La creatividad combinatoria, más compleja y multidisciplinar, se fundamenta en la interpolación de pautas de una práctica en otra sin relación con ella. Es el caso de la música estocástica de Iannis Xenakis, que se valió del cálculo matemático de probabilidades y la informática para inventar un método de composición musical, o el de los poetas beat, que incorporaron los ritmos del bebop a sus versos. 

A diferencia de las anteriores, la creatividad transformadora prescinde de las normas, aún conociéndolas, y establece nuevos patrones. Tan rara como apreciada, vanguardista por definición, su sentido reside en la ruptura. Es el tipo de creatividad que alberga más claramente un futuro, pues abandona el espacio de connivencia con el pasado, con la tradición, lo ya conocido y hecho, y abre nuevos espacios de experiencia. Inventa lo “otro”, la alternativa. 

A fecha de hoy, la creatividad transformadora es inaccesible para la inteligencia artificial. Y todo apunta a que así seguirá siendo. El ánimo de transformación se gesta en un punto donde confluyen el conocimiento y la necesidad de cambio. Las máquinas pueden acumular y desarrollar lo primero, pero lo segundo les es completamente ajeno. Las razones que conducen a los seres humanos a ansiar la transformación se enraízan en la consciencia del yo, en saberse vivos y mortales. Y hasta que las máquinas no alcancen una grado de percepción de su propia identidad similar al de los replicantes del modelo Nexus-6 de “Blade Runner”, hasta que no deseen ser humanas, y por ende deseen morir, si es que tal cosa puede suceder algún día, poco podrán contribuir a la construcción del futuro más que sus programadores.

Lejos de crear máquinas que deseen morir, estamos construyendo máquinas para no morir nosotros. O, más exactamente, para no desaparecer. Nuestro cuerpo y nuestro yo se acabarán, pero, con ellas, nuestra presencia perdurará en forma de ilusión maquínica; una extensión ficcional de nosotros diseñada para prolongar nuestro carácter más allá de la vida. Para convertirnos en fantasmas… Si la capacidad económica lo permite, claro. Ya lo puntualizan Artistry In Motion sin ningún atisbo de rubor en su página de inicio: “Ofrecemos la oportunidad de crear un legado de vida perdurable  a una clientela de alto poder adquisitivo”. 

No es descabellado pensar que la intersección entre capital, mercado e industria fantasmal dará lugar a un mundo habitado por espectros de élite. Y previsiblemente, el repoblamiento ectoplasmático empezará, de hecho ya está sucediendo, en el ámbito del entretenimiento. 

Las estrellas virtuales no son ninguna novedad. Desde 1996, año del debut de Kyoko Date, la primera virtual idol basada en inteligencia artificial, hasta el éxito internacional de la cantante holográfica Hatsune Miku, desarrollada en 2007, e incluso de Kizuna AI, la virtual youtuber más popular del mundo, el mercado asiático, con Japón al frente, ha sido testigo de un inacabable desfile de popstars sintéticas. Sin embargo, lo que ahora se antoja factible va mucho más allá que un dibujo animado en tres dimensiones.

¿Qué sentido tiene invertir tiempo y dinero en construir nuevos mitos cuando se puede resucitar a los viejos, ya objeto de culto global? ¿Para qué inventar nuevas celebridades cuando el pasado está lleno de personajes cuya resurrección anhelamos, pues en el fondo esperamos revivir un tiempo mejor a través de ellos, una época que ni siquiera conocimos, pero que estamos convencidos de que fue más excitante, más revolucionaria, más preñada de esperanzas que la que nos ha tocado vivir? 

El abanico de vías de explotación de la memoria colectiva mediante la conjunción de holografía e inteligencia artificial es infinito. Hemos visto a Carrie Fisher interpretar a la Princesa Leia tres años después de haber muerto, y a Frank Sinatra, desaparecido en 1998, presentar un tema nuevo en 2020. Falta poco para poder escuchar la décima sinfonía de Beethoven, asistir a una reunión de los Beatles del 66, deleitarse con un tour de force interpretativo entre Katharine Hepburn y Meryl Streep o descargarse el nuevo disco de Michael Jackson, que presentará en directo en conciertos simultáneos en varias ciudades con invitados como Elvis Presley, Whitney Houston o Jimi Hendrix. Los únicos límites serán la imaginación y la rentabilidad de la transubstanciación digital de los muertos. 

La cuestión, llegados a este punto, es si el advenimiento fantasmal se detendrá ahí. Si además de Mozart, Kurt Cobain y Marilyn Monroe, tendremos que convivir también con los espectros de Vladimir Putin, Jeff Bezos y Donald Trump una vez hayan muerto. Y si estas extensiones sintéticas seguirán tomando decisiones que nos afecten a todos a partir de algoritmos basados en sus comportamientos en vida. 

Si esto sucede, el pasado habrá finalmente adelantado al futuro. El presente de hoy seguirá siendo el presente de nuestros hijos y de nuestros nietos. Un presente, como ya se ha dicho, cada vez más denso, más lento, pues llevará más pasados a cuestas. 

Ante esta perspectiva, quizá las únicas opciones que nos queden sean sentarse a esperar un eventual colapso, un derrumbe del presente bajo el peso del pasado, y desear que de semejante hecatombe temporal surja una realidad nueva, quién sabe si mejor; o iniciar una estrategia de olvido voluntario, de resistirse al embeleso de las ideas, las imágenes y los sonidos del pasado, y desviar el pensamiento, la mirada y los oídos hacia el frente. Una maniobra de aislamiento futurista, si así se quiere ver, que nos permita reconquistar el deseo de algo distinto, de formular nuevas utopías. 

“Utopía”, de  griego “oú”, no, y “tópos”, lugar, significa literalmente “no-lugar”. Algo que no existe. Algo otro. Por eso, porque debe ser creado ya que no existe, lo utópico es siempre un proyecto de futuro. No importa si es irrealizable. De hecho, no poder materializarlo nunca por completo conlleva el establecimiento de un horizonte de mejora, la meta inalcanzable que obliga a movilizarse, a avanzar y a superar lo ya conseguido. Obliga a olvidar, y con ello a acabar con el pasado.

Bibliografía

  • BAUMAN, Z. (2017). Retrotopía. Barcelona. Paidós.
  • ENRIQUEZ, J. (2020). Right/Wrong. Boston. MIT Press.
  • FISHER, M. (2014). Los Fantasmas de Mi Vida. Buenos Aires. Caja Negra.
  • FISHER, M. (2020). K-Punk. Volumen 2. Buenos Aires. Caja Negra.
  • REYNOLDS, S. (2011). Retromania. Nueva York. Faber and Faber. 

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