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Escapar del ovillo

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06/04/2021
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Entrevista con Javier Blánquez

“Antes el tiempo era una flecha con una única dirección. Pero cuando internet se acelera y lo ocupa todo, esa flecha se convierte en una especie de ovillo, donde ya no hay un principio ni un final; todo es una gran masa”, afirma Javier Blánquez (Barcelona, 1975), periodista, crítico musical y literario, docente y autor de libros como “Una invasión silenciosa” (Capitán Swing, 2014) y “Loops 2. Una historia de la música electrónica en el siglo xxi” (Reservoir Books, 2018). 

A partir de nuestro podcast “Mundo fantasma”, hablamos con Javier de revivalismo, ucronías, el secuestro del presente por parte del pasado y la posibilidad de reconstruir el futuro a partir de la inteligencia artificial. Entre muchas otras cosas. 

“Mundo fantasma” partía de un debate que bajo el título “You remind me of gold” mantuvieron Mark Fisher y Simon Reynolds en 2010. En aquella charla se planteaba una cuestión que tú también abordas en la introducción de “Loops 2”: el fin de la música electrónica como vehículo de futuro. Es decir, el momento en que la música electrónica dejó de proponer nuevas vías estéticas y de expresión y empezó a prescindir del elemento futurista que la había caracterizado durante décadas; un elemento que, en gran medida, la significó en su misma génesis.

Básicamente, lo que decía en “Loops 2” era que uno de los rasgos que podían definir la evolución de la música electrónica en el siglo XXI era un cierto agotamiento de la propia idea de música electrónica y una pérdida de identidad. Desde sus orígenes, y sobre todo durante su evolución más acelerada, entre los años setenta y el cambio de siglo, la música electrónica había albergado una idea de progreso muy clara. Inventaba nuevos sonidos, nuevas texturas, nuevas fórmulas. Nacía de una tecnología nueva que permitía una auténtica revolución tímbrica. Podía producir sonidos que nunca antes se habían escuchado porque no estaban en la naturaleza ni se podían crear con instrumentos convencionales. Desplegó una cantidad increíble de posibilidades a todos los niveles: timbre, ritmo, estructura, superficie, fondo. Pero del 2000 en adelante, esto pareció acabarse. Simon Reynolds expuso la misma tesis en “Retromanía” (Caja Negra, 2012), uno de los textos de reflexión cultural más clarividentes de los últimos tiempos, plenamente vigente pese a que ya ha pasado más de una década desde su publicación.

El fenómeno tiene que ver con la transformación del paradigma del consumo tecnológico. El modo en que utilizamos la tecnología ha cambiado, y con ello nuestra manera de movernos por el mundo, de trabajar y percibir el paso del tiempo. Esto ha dado pie a un conflicto muy profundo, con una dimensión amplia y global: la dificultad de imaginar futuros estimulantes o utópicos, que animen a seguir avanzando. Que este conflicto afecte al rock o al jazz no es demasiado preocupante, porque la idea del futuro no está en su naturaleza. Pero la música electrónica es futurista por definición, trata de avanzarse a aquello que vendrá después, forma parte de su ADN. En consecuencia, cuando la intención de muchos artistas pasa a ser el regreso nostálgico al pasado o el intento de borrarlo para comenzar de nuevo, si bien repitiendo inconscientemente lo que ya se ha hecho —sería el caso de la EDM—, aparece un problema de fondo, una crisis de identidad. En el momento en que el futuro, lo nuevo, deja de ser protagonista, ¿para qué sirve la música electrónica? ¿Qué puede hacer la música electrónica para recuperar ese camino?

La velocidad y la profundidad con que el fenómeno se ha instalado en la cultura mainstream son sintomáticas de la dimensión global del conflicto a la que te refieres. A mi modo de ver, en el plano musical hay un punto de inflexión claro: la banda sonora de “Stranger things” (The Duffer Brothers, 2016), de Kyle Dixon y Michael Stein, que a su vez es la resonancia en el marco de lo masivo de otra banda sonora, la de “Drive” (Nicolas Winding Refn, 2011). De hecho, todo el producto “Stranger things” es pura nostalgia de los 80, con la paradoja añadida de que el grueso de sus fans, gente muy joven, no vivieron esa década.

A principios de 2020 escribí un artículo en Beatburger sobre el documental “La rebelión de los sintes” (Iván Castell, 2019), una exploración de la escena del retrofuturismo 80’s. No se trata del mismo retrofuturismo que conocimos hace veinte años en forma de electroclash. Es una generación nueva, cuyos referentes ya no son los que podían tener aquellos proyectos de los primeros 2000: el pop de los 80, el italo-disco o cualquier música que retrotrajera a la infancia de los artistas. El sonido y la estética retro del nuevo retrofuturismo toman precisamente “Drive” como punto de referencia. Sus héroes son los artistas que aparecían en esa BSO: el entorno Chromatics, Italians Do It Better, etc. También la BSO de “Stranger things” es un referente obvio; al fin y al cabo está compuesta por dos miembros de Survive, una de esas bandas de nueva hornada. Es decir, están efectivamente fascinados por el mismo tipo de sonido que los artistas electroclash, pero sin haberlo vivido. Lo cual es muy interesante porque, a principios de siglo, cuando reflexionábamos sobre el revival de los 80, hacíamos la broma recurrente de que estaba durando más el revival que la propia década de los 80. Pero es que el revival sigue. Y ya han pasado 23 años.

Esto, por un lado, tiene aspectos positivos. Hay productos que son muy estimulantes. Por ejemplo, una de las canciones que más sonó en 2020 y que me encanta es “Physical”, de Dua Lipa, puro 80’s. Ahora bien, que me guste, que me haga sentir bien, que me fascine el sonido, no exime que estemos volviendo una y otra vez a lo mismo. Es como si ni en el pop ni en el underground hubiera imaginación para hacer algo distinto. 

No es una afirmación del todo verdadera, porque también hay pop muy bien hecho que ha triunfado y no maneja referentes tan lejanos. De hecho, la presencia de lo revivalista no es tan acentuada en muchos productos salidos de la esfera del trap, el hip-hop y de ciertas escenas underground. Pero las áreas en las que se están haciendo cosas interesantes y que no están completamente asentadas en la nostalgia parecen muchas veces residuales ante un nuevo mainstream, que se alimenta del pasado, muy voraz a la hora de buscar referentes. 

Esto tiene que ver con el hecho de que internet es ahora mismo el medio en el que flota toda la cultura, todo el entretenimiento. La línea temporal que se había vivido en la época analógica ha quedado completamente diluida. Antes el tiempo era una flecha con una única dirección. Pero cuando internet se acelera y lo ocupa todo, esa flecha se convierte en una especie de ovillo, donde ya no hay un principio ni un final; todo es una gran masa. Esto tiene un efecto claro en la cultura, si bien se podría evitar, dado que, al fin y al cabo, el ovillo tiene unos límites. Puedes buscarlos para salir de ahí y ampliar la dimensión de esta especie de cúmulo temporal, pero resulta difícil, cada vez más difícil. A menudo te sientes arrastrado hacia el interior del ovillo, porque tampoco hay una fuerza de empuje tan poderosa como en otras épocas, algo que te indique que el futuro está ahí, a lo lejos, hacia donde vale la pena avanzar. Y al final, ante la falta de un horizonte claro, prefieres quedarte en la comodidad de lo ya conocido. Digamos que la acción de búsqueda y descubrimiento es mucho más lenta, mucho más perezosa y en ocasiones mucho más complicada. 

Evidentemente hay cosas que siguen apuntando hacia posibilidades desconocidas, estimulantes, pero cuesta encontrarlas. Tienes que poner más de tu parte, tienes que emplear mucho más tiempo, mucha más energía, y no todo el mundo dispone del tiempo y las ganas necesarias. Al final se sucumbe a esa especie de bucle acomodaticio de lo ya conocido. 

Siguiendo con el retorno a los sonidos ‘flotantes’ típicos de las series de televisión y las películas de serie B de los 80, resulta muy significativo que, en gran medida, el primer paso lo diera Mego, una marca tradicionalmente asociada a lo rompedor, a lo vanguardista. Mego es un sello que en los 90 fue la punta de lanza de un nuevo sonido, una nueva forma de entender la computer music. Pero de repente, en el nuevo siglo, Mego son los primeros en publicar discos de Oneohtrix Point Never y Emeralds. Incluso crean Spectrum Spools, un subsello dedicado a este tipo de música. Que sea Mego el sello donde nace este neo-retrofuturismo puede interpretarse como que, en realidad, sí que existe una inquietud de cambio, en tanto búsqueda de algo distinto…

Esto forma parte de la naturaleza humana. Tenemos necesidad de lo diferente, de lo nuevo. 

Exacto. Entonces, siguiendo con el argumento, podría ser que lo que concebimos como nostalgia impostada, porque hablamos de gente muy joven que no vivió los 80, sea en realidad la búsqueda algo distinto a lo que se supone que toca ahora, pura inquietud, si bien imbuida de una cierta confusión respecto a la idea de futuro. Es decir, un deseo de cambio que sin embargo no contempla nada potencialmente transformativo respecto a lo que ya existe. 

En este sentido, Reynolds menciona en “Retromanía” una cuestión decisiva, desde mi punto de vista: en el gran repositorio cultural y estético que es YouTube, los 80 es lo mas lejos que podemos ir a la hora de recuperar una estética más o menos bien armada, coherente, con una entidad, un peso y una dimensión reconocibles. La de los 80 es la primera memoria estética totalmente mediatizada que se puede consultar, gracias al invento del videoclip, que nace con la MTV en 1981, y al vídeo doméstico, que se comercializa en la misma época. No son simples cápsulas, pequeñas partículas que encuentras aquí y allá, como sucede con la estética de décadas anteriores, sino que nos hallamos ante una construcción sólida a la que podemos recurrir y que es radicalmente distinta a nuestro presente. De ahí quizá la fascinación, porque es lo más ‘otro’ que podemos encontrar ahora mismo sin la obligación de concebir algo nuevo. No hay que confundir ‘lo otro’ con ‘lo nuevo’, necesariamente…

Me parece una lectura interesante. Ciertamente, si no has vivido aquella época, esa estética es nueva en tu propia experiencia. Pero YouTube también ha acabado eliminando cualquier tipo de sensación de evolución. Es decir, la evolución solamente la vas a poder percibir si la estudias, si alguien la ordena y la contemplas de manera cronológica. Tú y yo damos clases de Historia de la Música, y estarás de acuerdo conmigo en que la experiencia que puedan tener nuestros alumnos a la hora de observar la historia de la música moderna o de la música electrónica de manera ordenada o sin un ordenamiento es completamente distinta. Con el ordenamiento se revela la lógica evolutiva; sin él, todo es lo mismo y muchas cosas se pueden mezclar. Si escuchamos un tema de Tangerine Dream de principios de los 80 y un tema de Emeralds de los 2000 sin tener ningún tipo de referente, será difícil concluir cuál es de 1981 y cuál es de 2012. 

YouTube ha eliminado la jerarquía temporal. Es un acontecimiento importante en la evolución histórica de la humanidad, o al menos de nuestra civilización, porque nunca antes había sucedido. Hasta ahora, la historia como tal desprendía una sensación de progreso, de avance. Había una noción del presente, había un conocimiento del pasado a partir de las fuentes que fueran posibles y también había un horizonte. Esto sigue existiendo en la realidad, claro, convive con una segunda realidad en la que nos movemos, la realidad de dónde obtenemos la información. Nos informamos a través del teléfono móvil y de internet, no mediante la televisión, la radio o los libros. Escuchamos música en Spotify en lugar de ir a la tienda de discos, comprar el disco y ver la fecha en que se publicó, saber si es un disco nuevo o antiguo, una novedad o de segunda mano. Todos estos datos pueden parecer menores o inútiles, pero ayudaban a estructurar tus ideas. Y ahora mismo esto resulta complicado. 

La pregunta que nos podríamos hacer es: ¿hay futuro? Evidentemente, sí. Existen áreas del conocimiento, de la cultura y de la creación, en las que se advierte una sensación de progreso y sobre todo un margen de mejora tremendas. Porque nosotros estamos hablando fundamentalmente de música, pero la música no lo es todo. Quizá la música no transmite esa sensación de movimiento y de descubrimiento de un horizonte más allá, pero si empezamos a hablar de apps, de videojuegos, de investigación científica, ahí sí hay una serie de ideas de futuro que están muy presentes. 

Hace poco estuve leyendo sobre los videojuegos en los que ya no hay ningún tipo de problema de transición entre pantallas o escenarios, puesto que el desarrollo de la tecnología y la potencia de las consolas y los ordenadores permiten crear hoy unos gráficos absolutamente nuevos, imposibles en los 80, en los 90 o incluso hace tres años. El mundo del videojuego avanza, y no es ninguna casualidad que sea la gran industria de entretenimiento de nuestro tiempo, por encima del cine, la televisión o la música. 

Luego está el ámbito científico. Una de las cosas que más me interesan de la cultura de nuestro tiempo es todo lo relacionado con las posibilidades abiertas por los descubrimientos tecnológicos y científicos. Por ejemplo, el argumento de la serie de TV que más me ha gustado últimamente, “Devs”, tiene el tiempo como elemento central del relato: ¿hasta dónde podemos ver en el tiempo?¿Está todo predeterminado o hay posibilidad de elegir caminos distintos? ¿Existe una única realidad o existe el multiverso? Todas estas ideas audaces que se proponen desde el mundo de la ciencia también pueden tener un reflejo en la cultura, a pesar de que a mí el mundo de las series de televisión no me emociona tanto como hace unos años, porque también observo muchos patrones revivalistas, una cierta fatiga en la innovación, demasiado producto recurrente o simplemente hecho para alimentar las plataformas y hacer caja…

Incluso remakes de series antiguas. 

Claro, lo cual refuerza la tesis de la retromanía de Reynolds. Pero también hay propuestas que plantean ver qué hay más allá. Esto es lo que yo echo de menos en la música, porque antes era una cuestión esencial y ahora parece residual. 

En el caso de la música electrónica, cabe tener en cuenta que siempre ha avanzado porque ha habido una tecnología que la ha acompañado. Y no habrá un nuevo salto adelante, una nueva revolución, hasta que no se disponga de una nueva tecnología. Pero ahora mismo aún no existe una herramienta que pueda sustituir a la que ha dominado las últimas dos décadas, Ableton Live. Esta teórica tecnología disruptiva debería ser la inteligencia artificial (IA), si bien todavía es un territorio en pañales, a pesar de que ya se están haciendo cosas como mínimo impactantes. Hay resultados interesantes, pero está muy claro que la IA imita procedimientos previamente establecidos por una inteligencia humana. Por tanto, es un territorio esperanzador, pero queda mucho por avanzar.

En “Mundo Fantasma” se hablaba de las posibilidades de la IA. Parece ser que, en efecto, el momento en que pueda suceder esta música nueva que anhelas aún es lejano. Marcus du Sautoy explica en “Programados para crear” (Acantilado, 2020) las categorizaciones de Margaret Boden de los tipos de creatividad, que ella reduce a tres. En primer lugar está la creatividad exploratoria, que profundiza en las pautas de una disciplina y permite ampliar su campo de acción pero respetando siempre las normas. Luego está la creatividad combinatoria, que permite extrapolar pautas de una disciplina e interpolarlas en otra; por ejemplo, las relaciones entre música y arquitectura, en una y otra dirección. Y finalmente, la más extraña, la más ‘divina’ desde una perspectiva romántica, es la creatividad transformadora, que logra romper todas las normas. No solo eso, porque romper las normas en sí mismo, como fin, tiene muy poco recorrido, sino que a partir de la transgresión establece nuevas pautas, crea nuevos patrones, abre nuevos espacios. 

La creatividad transformadora tiene que ver con la necesidad humana de trascender, de dejar un legado, algo que permanezca cuando nosotros desaparezcamos. Así pues, hasta que las máquinas quieran ser humanas, y por tanto, en el fondo, deseen morir, esto no podrá suceder. Podrá haber experimentos, podrá haber pruebas, pero su recorrido será muy limitado. Porque las máquinas no tienen consciencia de su propia identidad y, en tanto no la tienen, dejar un legado, generar algo que las trascienda, no es una necesidad real. 

En una época entrevisté a algunos expertos en IA y en física cuántica —algo que echo de menos de mi anterior trabajo, porque era una posibilidad de poder hablar con gente con ideas interesantes al respecto—, y lo que me decían continuamente era que todavía estamos muy lejos de que una máquina pueda competir en creatividad con un ser humano. A pesar de distopías muy sugerentes como “Terminator” y de lo fascinante que pueda resultar pensar en una IA que adquiera consciencia de sí misma y tome decisiones que puedan salvarnos o destruirnos, es prácticamente imposible que tal cosa ocurra, porque para ello la máquina debería pensar por sí misma, es decir, pensar como máquina y no a partir del entrenamiento que le ha dado una imaginación humana. 

Las IA son procesadores de datos absolutamente brutales, te destrozan al ajedrez, al go, a todo lo que comporte un cálculo de variables. Pero para enseñar a una IA a escribir, por ejemplo, tienes que alimentarla con texto ya existente. Lo único que puede aprender es conocimiento ya dado, no está capacitada para imaginar o para romper las reglas. Es decir, una IA no puede ser Arnold Schönberg, que hizo precisamente eso: romper las normas, crear de nuevas y desarrollar un discurso a partir del cual esas reglas pudieran dar lugar a una música nueva, a un arte nuevo. El cambio lo tiene que protagonizar siempre el ser humano. La máquina puede ser un apoyo, la fuerza bruta que te ahorre la parte aburrida, porque para ella todo es gestión de datos, pura burocracia. Pero ya sabemos que un burócrata nunca será un artista. 

Ahora bien, la capacidad de hacer propuestas con una lógica humana que quizá un humano descartaría, o que en un momento dado no se le ocurrirían o se le ocurrirían más tarde, puede redundar en una aceleración de lo creativo, en precipitar que todo vaya mucho más rápido y aquellos descubrimientos que podrían venir de una imaginación humana lleguen antes. Por eso me parece algo muy esperanzador y considero que hay que estar muy, muy atentos. 

Queda por ver, no obstante, si las nuevas tecnologías, además de nuevos sonidos, nos proporcionarán también un factor fundamental: nuevos errores. Muchos grandes acontecimientos se han dado porque alguien ha cometido un error ,y ese error se ha convertido en una posibilidad interesante. Si estamos revisando el pasado continuamente, reducimos el riesgo de equivocarnos, y si reducimos el margen de error, que es otra posibilidad derivada de la IA… Sin error no se abre esa puerta. 

Las cosas son demasiado perfectas.

En algunos aspectos, sí. A mí me interesa el vaporwave, me interesa todo este revival 80’s, me interesa la EDM, pero no veo riesgo. Aprecio resultados estéticos atractivos, pero intelectualmente no me estimula como otras propuestas. Me interesa mucho más la hauntology, el hecho de volver atrás y plantear un “what if?”, una cuestión que también aparecía en “Mundo Fantasma”: ¿y si las cosas hubieran sido de otra manera? Como el multiverso del que se habla en “Devs”: ¿y si hubiera otro camino, que se parece mucho a este pero no es exactamente igual? 

Una música ucrónica, un Giro Jonbar que pudiera reinventar un recorrido. 

Tal cual. La ucronía es una rama alternativa de la ciencia-ficción que imagina un futuro. Vuelve al pasado y dice “vale, este futuro está ahí pero, ¿y si hubiera sido este otro?”. Las ramas se desdoblan, se crea una alternativa. No es el futuro, es ‘otro’ futuro imaginado desde el presente volviendo al pasado. Suena muy complejo y tiene mucho que ver con este ovillo temporal que he mencionado, pero a mí me parece interesante puesto que, si consideramos que la línea del tiempo es única, las cosas sólo pueden haber sido de una manera. Pero no es cierto, las cosas podrían haber sido distintas. ¿Y si tal personaje histórico no hubiera nacido? ¿Y si tal personaje histórico no hubiera muerto cuando murió? ¿Y si yo esta mañana me hubiera quedado en la cama en vez de levantarme? Esas variables están ahí, y quedan dentro del ámbito de la especulación y de la imaginación. Pero si las aplicas artísticamente, salen ideas, se inventan historias, y al inventar historias se desarrolla una narrativa que es pura creación. Y cuando se crea, se producen cosas. Tal vez cosas nuevas, como nos gustaría que sucediera. Quizá no con demasiada velocidad, porque luego no puedes digerir toda la novedad. Pero también es complicado digerir todo el revival. La primera vez está bien, la segunda vez también, pero llega un momento que es como comer McDonald’s cada día: no me sienta bien del todo y necesito algo de variedad. 

Me interesa mucho lo de la incapacidad para romper normas, que también tiene que ver con el repliegue de tiempos en que vivimos, una suma inabarcable de pasados a nuestro abasto. Me resulta muy sorprendente que alumnos de 18 o 20 años vengan de casa convencidos de que ya está todo inventado. Se diría que no existe el ánimo de romper normas, como si al convivir con tantas pautas distintas, debido a este solapamiento de pasados, las normas fueran algo tremendamente flexible, y lo que parece una ruptura en un ámbito no lo es en absoluto en otro. 

Quizá en otras épocas había una cierta obligación de vivir en un presente cultural muy intenso en tanto que presente. Por ejemplo, los discos, una vez se agotaba la tirada —a no ser que fueran catálogos muy asentado, tipo Elvis o Beatles—, desaparecían de las tiendas, y si no los tenías no podías escucharlos. Era necesario mantener la atención y, hasta cierto punto, vivías en una semi-ignorancia permanente, porque se te escapaban muchas cosas. Pero gracias a ese desconocimiento podías pensar algo que en realidad ya había hecho alguien antes, pero como no tenías forma de saberlo, se abría una perspectiva subjetiva de la misma idea capaz de tener una evolución distinta. 

Hoy día todos los libros, las películas, los discos, todo está ahí para cotejar lo que hacemos y darnos cuenta de que ya lo hizo alguien antes, y seguramente mejor. Y esto redunda en una sensación de creatividad depresiva: todo está inventado, no se me ocurre nada que no se le haya ocurrido antes a alguien, puedo comprobarlo. Así se frena radicalmente la imaginación, se le imponen unos límites muy claros y concisos. 

No quiero generalizar, pero comparto la idea de que, a medida que pasa el tiempo, las nuevas generaciones que entran en el círculo de la cultura y la creatividad tienen menos curiosidad. Precisamente porque todo está a su alcance, a diferencia de otras épocas de mayor escasez, si bien no necesariamente material. 

En los años 90, por ejemplo, yo aproveché muchísimo las bibliotecas. Tenía muchas cosas a mi alcance, porque disponían de un fondo que no podría agotar en la vida, pero el hecho de ir a la biblioteca implicaba una inversión de tiempo: rebuscar en el archivo, seleccionar muy bien los libros, volver a tu casa, leerlos, devolverlos. Si quería leer a Shakespeare y no tenía libros de Shakespeare, iba a la biblioteca y los sacaba, pero implicaba un esfuerzo. Ahora puedo ir a internet y leerlos sin problemas porque son obras libres de derechos. 

Al final, pues, no se trata de que haya demasiado, sino de lo fácil que es conseguirlo inmediatamente. Hay una sensación de que puedes tenerlo todo. Si me pongo a rebuscar en mi disco duro, tengo material para ocupar varios años de mi vida que no voy a escuchar ni leer. 

El hecho de que haya tanto y se pueda cotejar cualquier cosa que se haya hecho previamente puede convertirse en un lastre. Psicológicamente, afecta. También está la falta de curiosidad, porque el acceso generalizado hacia lo que serían los estímulos culturales ha cambiado mucho en los últimos años. 

Tengo curiosidad por ver cómo serán la música y la literatura dentro de unos años, cuando el sector creativo lo ocupe una generación que ha estado dedicando su tiempo a estar en TikTok. TikTok es una oferta de entretenimiento muy imaginativa, pero está creando consumidores que viven en un bucle del que no se sale, y bailar durante un minuto un tema de Black Eyed Peas o de Rosalía no es lo mismo que leer a Homero. Rosalía está muy bien, pero Homero también está muy bien, como escuchar a los Beatles y un montón de cosas más. 

El problema es que el tiempo que vivimos no se modifica. Tenemos una cantidad de oferta a nuestro alrededor que desborda nuestro tiempo, pero seguimos teniendo una esperanza de vida de alrededor de 75 u 80 años en el mundo occidental. ¿Con qué llenaremos ese tiempo? Si lo alimentas continuamente con videos de gazapos en TikTok, de conspiranoia en YouTube, de tweets…Todo esto está muy bien, pero s está restando tiempo a otras cosas que podrían estimular tu creatividad o tu inteligencia de otra manera. 

Insisto en que, evidentemente, no se puede generalizar, porque de igual manera que hay gente que vive inmersa en Instagram o en YouTube, hay gente que está estudiando arte, aprendiendo a dibujar, a tocar un instrumento, a programar, a escribir; gente que hará cosas magníficas. Pero no es la tendencia mayoritaria. Antes había mucha más gente con una preparación intelectual valiosa para atacar estos procesos creativos de los que estamos hablando, y eso no lo estimula Instagram y su scroll infinito de fotos con gente con los pies en la piscina diciendo: “aquí, sufriendo”. No creo que vaya a estimular una inteligencia que luego sea capaz de romper las reglas. 

Imagínate que Schönberg hubiera sido instagramer. Posiblemente no habría inventado la música dodecafónica. O Steve Reich: si hubiera estado todo el día en TikTok, a lo mejor no habría compuesto “Music for 18 Musicians”. 

No estoy en contra ni de las redes sociales ni de perder el tiempo en internet, porque yo también lo hago, pero existe una realidad incontestable: no podemos multiplicar nuestro tiempo interior. Y el tiempo que empleamos en según qué es tiempo irrecuperable. Habrá que ver. 

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