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El apocalipsis como bella arte

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18/08/2021
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Entrevista con Francisco Jota-Pérez

Francisco Jota-Pérez (Barcelona, 1979) es novelista, poeta, ensayista, guionista y traductor, “centrado en la experimentación y las expresiones más extremas (y en los márgenes) de lo cultural”, en sus propias palabras, y dueño de una vasta producción multimedia cuya entrada más reciente, si no hemos perdido la cuenta, es el guión del cómic “L’oracle” (Extinció, 2021), ilustrado por Víctor F.Dunkel.

A partir de nuestro podcast Reducir la realidad a cenizas, hablamos con Francisco de hiperstición, black metal, escatología y xenología. Entre otras muchas cosas.

En tu ensayo Homo tenuis (El Transbordador, 2019) partes de la leyenda del Slenderman, el creepypasta más conocido, para extrapolar una serie de ideas que gravitan en torno el concepto de hiperstición, enunciado originalmente por la CCRU. ¿En qué consiste exactamente?

El significado viene dado con la misma palabra: “hiperstición” es lo que va más allá de la superstición. Una superstición es una construcción hasta cierto punto falsa, y funciona en un solo aspecto. Por ejemplo, a modo de cuento cautelar o como confirmación de un prejuicio. La hiperstición la supera. Se da cuando esos constructos aceleran las coincidencias consigo mismos y se convierten en lo que podríamos considerar “reales” —si bien el debate sobre qué es o qué entendemos por “real” es tremendamente complicado—. Para entendernos, digamos que las hipersticiones son ficciones, muchas veces rastreables y generadas por una o varias personas, que se naturalizan a través el filtro de lo social y acaban convirtiéndose en realidades per se

Yo siempre pongo como ejemplo de gran objeto hipersticioso el mismo que empleó la CCRU: el dinero. Se trata de un consenso, un valor abstracto y ficcional que, por la manera en que nos acercamos a él, tiene un efecto muy real en el día a día. Es una realidad de facto. Así pues, la teoría de la hiperstición plantea que una serie de ideas pueden demostrarse competentes en el campo de lo cultural y lo social hasta el punto de que somos capaces de hacerlas reales. Es prácticamente un proceso mágico de conversión de lo ficcional en real. 

La idea de la hiperstición ha abandonado el terreno teórico y se constata a diario por la cantidad de objetos hipersticiosos que acaban cristalizando. La pandemia y el confinamiento, por ejemplo, han confirmado mucho de lo que planteó la CCRU. Innumerables ideas que parecían fruto de la ficción han acabado concretándose mediante lo que en el libro llamo “el salmo del hype”: han adquirido unos niveles de hype tan grandes que han terminado siendo una realidad contrastable. Por otra parte, me llama muchísimo la atención cómo estos objetos no solo aceleran las coincidencias consigo mismos, sino que además se retrotraen en el tiempo. Una vez se han convertido en reales, parece que siempre lo hayan sido. Me parece uno de los fenómenos más interesantes relacionado con la hiperstición. 

Estoy convencido de que la hiperstición y los objetos hipersticiosos lleva tratándose, sobre todo en publicidad y política, por lo menos desde los años 90 del siglo pasado. Es un conocimiento que ya está absorbido y procesado por una serie de poderes fácticos, un concepto enorme, que juega un papel determinante en nuestro día a día pero sigue siendo desconocido para la mayoría de nosotros. No diré que sea un libro divulgativo, pero mi intención en Homo tenuis era acercar la cuestión a estratos un poco más bajos de esta cadena social de mierda que tenemos montada. No puede ser que este conocimiento lo posean solamente los publicistas y los políticos que están jugando con nuestro pan cada día. 

Haciendo una reducción quizá un tanto banal del concepto, si consideramos la hiperstición como un relato ficticio que deviene real, que afecta la vida de las personas, ¿podría afirmarse que las religiones son los mayores objetos hipersticiosos que existen? 

Por supuesto. Nick Land toma el estado de Israel como ejemplo de gran objeto hipersticioso, sin ir más lejos. 

Y por extensión toda la construcción judeocristiana de nuestra cultura. 

Podrías tirar del hilo hasta donde quisieras. Pero como ejemplo simple y factible, Israel me parece una muy buena introducción al concepto: un estado creado a partir de unos supuestos textos sagrados en los que se afirma que ahí tiene que existir ese estado. Es decir, se pone en marcha toda la maquinaria social y cultural para que exista. Y una vez existe, ya ha existido siempre. 

Esto me plantea otra pregunta: ¿qué distingue a la hiperstición de la ideología? 

Es una muy buena pregunta. Sadie Plant se ocupó de responderla cruzándola con el tema de la creencia, con lo cual estoy muy de acuerdo. Es decir, la ideología depende de que creas o no en ella, como sucede con la religión. Sin embargo, lo que pasa con el fenómeno hipersticioso es que no está supeditado a la creencia para hacerse real. Es tangiblemente real, con lo cual supera los procesos de creencia o descreencia. Plant, de hecho, habla de creencia, no creencia y descreencia: la suspensión de la creencia en cuanto a relevancia para que aquella ficción se haga real. O quizá es una creencia tan inmensa que queda naturalizada, y por lo tanto da igual. No importa no creer en el dinero, el dinero sigue existiendo. Puedes no reconocer Israel como un estado de pleno derecho, pero sigue estando ahí. 

Como se explica en Reducir la realidad a cenizas, en los orígenes del black metal noruego unos chavales construyeron un relato imaginario a partir de partículas dispersas de la historia del metal y se lo tomaron tremendamente en serio, hasta el punto que empezó a tener resonancias en el mundo real: la quema de iglesias, las muertes, etc. Al leer Homo tenuis, lo primero que me vino a la cabeza fue precisamente esa narración ficticia del black metal, un sistema de creencias que acaba dejando un rastro de cenizas y muerte. Pero quizá tendría más que ver con lo ideológico que con lo hipersticioso…

Me cuesta cruzar las teorías de la hiperstición con los ejercicios artísticos. Estoy muy de acuerdo con Javier Calvo cuando sostiene que el black metal es la última de las grandes vanguardias artísticas. Lo veo más como un ejercicio artístico real. Nos hemos abandonado a ver el arte como algo decorativo, y una de las cosas buenas que hizo el black metal fue volver a insertarlo en la vida. No se trataba de que un estilo musical generase una tribu urbana con la cual los chavales pudieran identificarse y vivir de una forma principalmente estética, encajados dentro del mismo sistema en que ya estaban, sino que planteaba directamente cambiar el mundo, que es a lo que en mi opinión debe aspirar todo arte. Y en cierta manera lo consiguieron, con un ejercicio artístico precioso. 

Entiendo las reticencias a ver arder iglesias, por lo que tienen de objeto simbólico y de prodigio arquitectónico, pero en su momento a mí me hizo mucha ilusión verlas en llamas. Cada vez que lo pienso me parece un ejercicio artístico muy valiente. Recientemente se ha visto, además, que es imposible reducir el black metal a algo folclórico. Lords of chaos (Moynihan & Søderlind, 1997) es un despropósito, y la película es aún peor. Todos los intentos de reducirlo a mero folclore han sido un desastre, han pasado sin pena ni gloria. Lo cual demuestra, creo yo, su naturaleza de ejercicio artístico. 

Por otra parte, no acabo de tener clara la consideración del black metal como objeto hipersticioso. Tiene un componente ideológico muy notorio. ElTrue Norwegian Black Metal requería unas dosis de fe muy grandes. Tanto como para que su principal baluarte fuera un demente como Varg Vikernes, una persona que ya venía mal de fábrica pero que no tenía ningún problema en depositar toda la creencia en ese movimiento. Cuando se necesita tantísima creencia, significa que es algo que no se defiende por sí solo. 

El ejercicio de concreción real requirió mucho esfuerzo. Que el black metal se reconociese y se moviese como un subgénero vivo, que pudiera funcionar como obra de arte y traducirse a otras personas, que estas dieran su versión y siguiera reformulándose hasta el día de hoy… Para eso hace falta una gran cantidad de creencia. En este aspecto, me parece muy cercano al punk en gran parte de sus postulados, sobre todo en cuanto al do it yourself, que es algo que defendía desde el principio el Inner Circle: operar a base de fanzines, intercambio de cintas, todo en manos de gente técnicamente muy poco virtuosa dispuesta a invertir grandes dosis de creencia en su labor. 

Quizá podríamos hablar de otras cuestiones. Por ejemplo, el modo en que la ideología subyacente en el black metal, casi una mitología, ha llegado a empapar otros ámbitos. Me fascina que parte de la filosofía de vanguardia hoy en día esté hablando de black metal. Y no solo de black metal; últimamente estoy leyendo muchísimo sobre drone metal y se han hecho estudios académicos de mitología sobre el asunto. Acabo de leer una tesis de un estudiante de una universidad británica que propone una aproximación religiosa al drone metal desde la teología. Y eso sí me parece un ejercicio de hiperstición: algo que aparenta ser un género musical lleva a mucho más y además se retrotrae en el tiempo, porque está haciendo una defensa de los principios del heavy metal como algo religioso y metafísico. 

Respecto a la resonancia del black metal en la filosofía contemporánea, no sé si podríamos, como dice Calvo, entender el black metal como la última vanguardia —aunque el tema de las iglesias en llamas como obra de arte recuerda a la famosa sentencia de Stockhausen tras el 11-S—, pero sí se trata, sin duda, de la última subcultura juvenil a la manera en que se entendieron en el s.XX. Con la singularidad añadida de ser la primera y la única netamente apocalíptica. 

La contracultura hippie, por ejemplo, quiso negar la cultura de los padres y construir un mundo a su medida. El black metal, en cambio, quiso cambiar el mundo para destruirlo. Se adelantó un par de décadas a un sentimiento prevalente en el contexto actual, una era apocalíptica marcada por un sentimiento escatológico —a partir de la definición religiosa del término— que en los últimos meses se ha acrecentado con la pandemia y que, como indicas, empieza a hacerse notar dentro del realismo especulativo y otras vertientes de la filosofía que ya están tratando el fin del mundo. 

El black metal me parece apocalíptico, pero no en el sentido escatológico del Apocalipsis, sino en cuanto al significado literal de la palabra, la idea de desvelar algo, de correr un velo que hay sobre algo. Así, creo que el black metal —al menos el primer black metal noruego, porque luego el género ha mutado mucho— tiene un componente de vitalismo nietzscheano que lleva a la revelación antes que a la destrucción por la destrucción. Elimina la primera capa del momento en que estamos y permite ver que existe una segunda capa habitable. Considero muy vitalista ese abrazar la oscuridad porque en ella se puede vivir bien, no como estamos viviendo. 

Si estoy de acuerdo con la idea de que es la última vanguardia es porque, entendiéndolo como movimiento contracultural que supone una reacción a la cultura hegemónica, es el único que el capitalismo ha sido incapaz de absorber. Es muy difícil procesar a una panda de protonazis pintados como cadáveres gritando que se estaría mucho mejor en un mundo yermo y desolado. Solo por eso me parece que tiene un valor inmenso en tanto contracultura, como vanguardia artística. Y coincido en su carácter precursor, como aviso de la actual sensación escatológica. Que coincida temporalmente con el grunge no me parece casual. Me van a matar por decir esto, pero en cierto modo puedes entender el black metal como un grunge extremo. 

El grunge es en gran medida una angustia metafísica. 

Y lo que hace el black metal es cambiar esa angustia existencial por un vitalismo nietzscheano, un nihilismo productivo. El nihilismo grunge de “voy a dejar que todo se derrumbe a mi alrededor” se convierte, en el black metal, en “voy a ser un agente consciente de ese derrumbe, voy a protagonizarlo yo porque la responsabilidad es mía”. 

En cierto modo, podría llegar a decirse que el grunge plantea el problema y el black metal propone la solución.

A grandes trazos, se podría ver así. Me parece que tiene todo el sentido del mundo. He dedicado mucho tiempo al análisis estético de las letras de black y death metal, y el black metal es muy consciente de su tradición. El mismo estilo plantea una tradición al azar, pero se mantiene fiel a ella hasta las últimas consecuencias. Cuando lo observas con la perspectiva del tiempo, es fácil verlo como una evolución natural de todo lo que vino antes. Es absolutamente auto-referencial, incluso de su propia mitología, lo cual me parece inteligentísimo. Por ejemplo, el componente apocalíptico en su vertiente más escatológica ya estaba en el thrash y en el primer death metal. Pero el black metal fue más allá, recogió todo lo postulado por estilos anteriores y lo hizo avanzar. Se convirtió en motor. Como parte de su ideología ya radica en convertirse en motores de cambio, el mismo estilo se convirtió en propulsor del metal en general. Y ahora mismo todos los grupos que están haciendo cosas interesantes siempre tienen la etiqueta blackened en alguna parte de su descripción: blackened death metal, blackened drone, etc. El black se ha convertido en esa especie de influencia tentacular porque fue un impulso. 

No sé si estoy del todo de acuerdo en cuanto a esta conexión reactiva entre el black metal y el death. Creo que, a nivel lírico, el death metal se ampara en un imaginario distinto. Podríamos afirmar que es contracultural en tanto ataca lo sagrado desde lo profano: la muerte, el asesinato y el crimen están regidos por una serie de preceptos sagrados en el marco de la cultura hegemónica, y el elemento profano sería la lectura distinta, disruptiva, respecto a esa normalidad sacra. En buena medida, se recrea en esto como reacción frente al thrash metal, que presenta un cierto atisbo de modernidad al ser una de las primeras instancias en que bandas de heavy metal empezaron a hacer gala de una cierta consciencia sociopolítica. Supuso una vuelta a la construcción simbólica y de rechazo de la realidad y la modernidad. Y en un momento en que el gore y la violencia explícita empiezan a ser mainstream, diferenciarse sin establecer un diálogo con aquel pasa por radicalizar ese imaginario. Lo considero muy diferente, casi antitético al black metal.

Yo tiendo a verlo en términos de conversación social. Lo que más me interesa del metal, y por lo que justifico intelectualmente ser tan fan, es precisamente el esfuerzo constante a lo largo de su historia por salirse de la conversación social. No se trata solamente de separarse del mainstream, como apuntas, sino separarse de una conversación social mainstream, de cómo hablamos como sociedad de distintos temas. Por ejemplo, cuando aparecieron Black Sabbath esquivaron completamente el peso que tenía la religión judeocristiana en la conversación social, saliéndose de ella o, mejor, provocando un vacío dentro de ella.

Ese es el impulso dominante durante toda la historia del metal: provocar un vacío en la conversación social. Cuando Metallica se volvieron más explícitamente políticos en la época de …And Justice for All (1988), si nos detenemos a analizar el contexto y la conversación social podemos observar que se enmarca en una época muy apolítica, el momento de los 80 en que todo eran neones y pasteles, rosas, verdes y amarillos. Ellos, de repente, introducen un comentario político más o menos serio desde un arte absolutamente marginal como es el metal.

Lo que pasa es que, como bien dices, la conversación social ha cooptado ciertos temas. Que un director de gore dirigiera las tres películas de El Señor de los anillos me parece muy representativo de cómo la cultura hegemónica absorbe pequeñas parcelas subculturales para vaciarlas de contenido. Es el concepto de “gentrificación de lo cultural” que maneja Elisa McCausland. Cuanto más se normalizan ciertas cosas en la conversación social, más difícil se vuelve hacer ese agujero. 

Pero cuando llega el black metal no hace un agujero: cava una tumba. Presenta un argumentario abiertamente nazi —que podría entender alguien que ha jugado demasiado al rol— y lo planta ahí. Da igual por dónde vaya la conversación social, el tema a reivindicar es la degradación de la raza, el hecho de que el cristianismo es una cultura de borregos que nos ha infectado y de la que nos tenemos que despojar. No considero que el black metal sea satánico más allá de utilizar ese imaginario como una forma de oposición bastante barata. De hecho, la gran oposición que plantea al cristianismo es el paganismo. 

Y luego está una de las cosas que más gracia me hacen del black metal, la apelación al Romanticismo, a toda su experiencia estética y metafísica. Me parece muy valiosa en el contexto cultural en el cual se ubica, que una gente reivindique el Romanticismo y el retorno al shock estético por lo natural, pero además haciendo mucho ruido y planteando una serie de tesis racistas, fascistas, muy contestatarias y tendentes a acogerse al mal por el mal, cuando la conversación social sigue enquistada en la idea del bien contra el mal… Antisistema hasta las últimas consecuencias. Me parece algo a tener muy en cuenta. 

Siguiendo con esa idea de salirse de la conversación social, del black metal entendido como un arte del exilio, sabemos por ejemplo que el tema del rol juega un papel importantísimo en la cosmovisión de Varg Vikernes. Es decir, hay un componente alienista y demiúrgico, que tiene que ver con esta idea de fuga. La voluntad de apartarse completamente, de romper con el pensamiento dominante, y crear un universo alternativo, con su propia idiosincrasia, hace que el black metal requiera ser iniciado en él. Exige una inmersión previa, impregnarte de la lógica de ese universo para comprender qué está pasando y por qué.

Sí, necesitas cierta suspensión de credulidad para entrar en el juego. Y además ese ejercicio de inmersión toca temas muy interesantes. Por ejemplo, abordando el debate absurdo sobre la separación entre obra y autor, necesitas entender por dónde va Varg Vikernes para poder disfrutar de los discos de Burzum. Si tuviese que fijarme en la ideología y lo que plantean mis músicos favoritos, dejaría de escuchar black metal porque es muy cuestionable, precisamente por ese vaciado de la conversación social. Pero requiere esa suspensión de credulidad, porque como experiencia artística o estética es muy enriquecedora. El esfuerzo compensa mucho, pero la exige. Incluso tienes que tirar de historiografía. No sé cómo sería entrar en el black metal tal cual, sin haber escuchado antes a Slayer, Bathory…En ese aspecto es muy similar a los juegos de rol, donde necesitas conocer unas normas para poder jugar. 

Esto me lleva a un concepto que sé que también te interesa: el alienismo. Partimos del fin de la historia según Fukuyama, la ausencia de alternativas y la idea de Jameson de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Y en este contexto, el black metal imagina el fin del mundo. O de esa capa del mundo, como mínimo.

Bueno, quiero empezar con un disclaimer: no estoy de acuerdo con el calificativo “alienismo”, un término que me hace pensar en otra cosa (los primeros psiquiatras y demás). Se trata más bien de una concepción xenológica de lo que somos. Mi interés por esta idea proviene del aparato filosófico de nuevo cuño que es la ontología orientada a objetos, el realismo especulativo. Plantea una ontología completamente distinta a las que hemos visto hasta ahora. Consiste en volver a pensar en términos de objeto, disolver la discontinuidad entre el objeto y el sujeto y entendernos a nosotros mismos como objetos en relación con otros objetos. 

Esto abre un campo de estudio enorme. Propone que lo único que podemos estudiar son nuestras relaciones con lo otro. Para ello, tendríamos primero que formular qué es lo otro o atribuirle una serie de cualidades. O como dice Hartmann, no estudiar lo otro en sí, sino plantear un terreno especulativo aparte, un medio comunicante en el que analizar esas relaciones. Y al estudio de tales relaciones se llega haciendo un ejercicio de humildad, en el cual puedes relacionarte con otro objeto, entendido en el sentido más amplio del termino. Al final, todas las relaciones se convierten en relaciones entre objetos, y de ahí emana nuestra capacidad o no de saber o no saber. 

El realismo especulativo está muy conectado con el cosmicismo, el horror cósmico, lo que está más allá de lo humano. Si suspendemos el antropocentrismo, a todo lo demás le damos exactamente igual. 

Lo espeluznante, según Mark Fisher. 

Exactamente. El espeluznante fisheriano se ha colado en la filosofía y está abriendo un campo inmenso en el estudio de lo xeno, de lo alienígena, de lo que es absolutamente otro, más allá de lo que somos. Es muy interesante, porque hace más visibles los límites del pensamiento propio. Cuando uno empieza a pensar en lo otro, planteándose a uno mismo como un objeto en relación con otro objeto, se da cuenta de lo limitado que es nuestro pensamiento y hasta qué punto puede llegar. 

El realismo especulativo, como ya hizo el cosmicismo en su día, lo que desvela es el límite que está ahí y que parece insalvable. Dentro de los distintos movimientos de xenoética, el xenofeminismo, que quizás sería la punta de lanza de todo esto, conduce a intentar empujar ese límite último que se ha vuelto tan evidente para ver a dónde nos lleva. 

De hecho, lo que más me atrae de todas estas posiciones filosóficas es la curiosidad por ver qué demonios debe haber más allá de esa frontera del pensamiento. Porque somos incapaces de pensarlo, por definición. Y el trabajo que están haciendo las xenofeministas me parece muy interesante. No sólo a la hora de disolver el género, sino de entender los géneros también como objetos que se interrelacionan con otros objetos, suspendiendo dualidades. Ir más allá de los límites del pensamiento que se nos impone me parece un ejercicio muy sano. 

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